Crónica de un desclasamiento acelerado: "Cuatro paredes", de Ibon Cormenzana

Es un hecho incontestable que en España se hace poco cine social, entendido como cine de denuncia de la estructura de clases dentro del sistema socioeconómico neoliberal, al menos en comparación con los países de “nuestro entorno” (como le gusta decir a la clase política). E, íntimamente relacionado con esto, hay una escasez de películas sobre las clases trabajadoras. Si nos planteásemos estudiar la sociedad española sobre la base del cine que se realiza, concluiríamos que está compuesta de una nutrida alta burguesía con una mayoría de personas pertenecientes a esa entelequia llamada clase media.

En un excelente artículo, José A. Cano ―partiendo a su vez de un artículo de Víctor Alonso Berbel― atribuye la escasa presencia de personajes de clase trabajadora al hecho de que en España la cultura en general, y el cine en particular, están en manos de la burguesía. En el caso del cine, ello se debe a las dificultades para acceder a la formación ―hay muy pocas escuelas públicas― y a la importancia de los "contactos" dentro de la industria audiovisual, contactos que normalmente se establecen por vía familiar/de clase, lo que excluye a las y los cineastas de clase trabajadora. Y lo peor es que, lejos de reducirse, la brecha de clase en el mundo de la cultura se está ensanchando. Cano cita un estudio del Reino Unido según el cual, desde mediados de la década de los 70, el porcentaje de artistas y otras personas dedicadas a la cultura provenientes de las clases trabajadoras se ha reducido de un 16,4 % a un 7,9 %1. No existe ningún estudio similar para España, pero su percepción ―y la mía― es que las cifras no son muy distintas.

En el caso de España, sospecho que, además de la creciente desigualdad social que afecta a todos los países occidentales, existe un factor patrio que explica la escasez de cine social: los rescoldos del franquismo, que explican también el conformismo generalizado de esta sociedad y la nula movilización ante la grave crisis económica en la que está inmersa (escasez de vivienda, inflación galopante...) y de la que nadie parece querer hacerse eco. Una muestra muy clara de esa pervivencia de los comportamientos de la dictadura (¡50 años después!) la constituye el hecho de que, como señalé en un artículo anterior de este blog, España sea prácticamente el único país occidental donde no se producen series políticas, el tipo de series protagonizadas por personajes políticos ficticios, pertenecientes a partidos reales o ficticios, las cuales, aun no siendo "revolucionarias", muestran los entresijos del poder y las componendas, intrigas y concesiones que lo rodean, tales como (la mítica) Borgen (Dinamarca), Les Hommes de l'ombre y Baron noir (Francia), Bodyguard (Gran Bretaña) y un largo etcétera. Como mucho, en el audiovisual español puede aparecer un personaje político corrupto, pero siempre a nivel municipal o autonómico, nunca del gobierno central.

Por todo lo dicho, la película de Ibon Cormenzana Cuatro paredes (2025), es muy de agradecer. Se trata prácticamente de la única película de cine social realizada en España en 2025: salvo despiste, sólo me constan otras dos, Ciudad sin sueño, de Guillermo Galoe, y La deuda, de Daniel Guzmán, que todavía no he visto porque no han llegado a las plataformas (yo no puedo ir al cine presencialmente). Y su propósito de denuncia es claro, ya que al final de la película aparece el siguiente rótulo (no muy bien redactado, todo hay que decirlo):

                En España, el 81 % de las familias monoparentales son mujeres. Uno de cada dos niños de  esas familias vive bajo el umbral de la pobreza.

Además ―y esto es quizá lo que más me ha gustado―, deja al desnudo esa entelequia en la que está instalada gran parte de la población española: la de pertenecer a una clase media que en realidad no existe. No existe, porque, si una depende de un salario para vivir, pertenece a la clase trabajadora y, en el caso contrario, pertenece a la burguesía. Por supuesto, existen amplias gradaciones dentro de cada una de estas dos clases, pero no hay más.

En términos estrictamente cinematográficos, no puede decirse que sea una gran película: las interpretaciones de las actrices son mejorables y hay algunos cabos sueltos en el guión. Aun así, está muy bien estructurada. Se divide en trece capítulos, de duración muy variable, correspondientes cada uno a un mes, y, salvo el epílogo, toda la película se desarrolla dentro de las cuatro paredes de la casa donde madre e hija se van hundiendo ―literalmente― en la miseria, mientras todo el mundo les repite "Todo va a salir bien", incluso cuando resulta obvio que no será así.

El primer capítulo nos deja claro que esta familia vive como si fuera burguesa. 1) El piso, además de grande, está decorado a lo pijo. 2) El padre de la niña, Sofía (Sofía Otero), va a cerrar la pescadería que regenta durante las dos semanas que pasarán de vacaciones, lo que más tarde descubriremos que constituye una enorme irresponsabilidad, pues la pescadería está ya al borde de la quiebra. 3) Mientras espera a su pareja, Juana, la madre (Manuela Vellés), que trabaja como agente inmobiliaria, abre el frigorífico y dice que queda mucha comida, pero bueno... Le dirá a Constanza (Constanza Gallego), que todavía no sabemos quién es, que se lleve lo que quiera y tire lo demás. Esa indiferencia con la que habla de tirar comidasin contar su falta de previsión para comprar sólo lo básico antes de unas largas vacaciones― nos dice ya mucho sobre su trayectoria de clase: nunca ha pasado necesidades ni siente empatía por quienes sí.

Después de esta introducción, que termina cuando Juana recibe una llamada anunciándole que su pareja ha tenido un accidente de tráfico (en el que muere, aunque no se explicite), vamos viendo cómo, mes a mes, se degradan las condiciones de vida de Juana y Sofía. En septiembre, todavía celebran el cumpleaños de la niña (cumple 10 años) por todo lo alto, con el piso súper-decorado con toques de terror y Constanza, a quien ya podemos atribuirle el papel de criada, disfrazada de monja.

🌐🌐 Digresión: He utilizado el término criada deliberadamente, porque la relación entre ella y Juana nos retrotrae a épocas que parecían periclitadas, en las que las empleadas de hogar, por supuesto migrantes (antaño migrantes interiores ―chicas "de pueblo"―; ahora, exteriores: Constanza es colombiana), son amantísimas y están súper-entregadas a sus señoras (y a sus hijas, cuando las tienen), las cuales, a su vez, las tratan amorosamente, como alguien de la familia, cuando sabemos que las condiciones reales de las empleadas de hogar son mucho más duras. Lo que me preocupa es que éste no es un caso aislado: en los últimos años, aparecen cada vez con más frecuencia relaciones de este tipo en el cine español, en lo que para mí supone una romantización de las relaciones de vasallaje. Por citar sólo unos ejemplos, Libertad (2021), de Clara Roquet, y Alguien que cuide de mí (2023), de Elvira Lindo y Daniela Féjerman, además de la serie de Netflix Ángela (2024), creada por Harry y Jack Williams (es un remake), y dirigida por Roberto López Amado. Y, aunque se desarrollan en el pasado, también figuran personajes así en La virgen roja (2024), de Paula Ortiz (años 20 y 30 del siglo pasado), y El comensal (2022), de Ángeles González-Sinde (en la trama correspondiente a los años 80). Cierro la digresión señalando, como loable excepción, la película Calladita (2023), de Miguel Faus, que constituye una denuncia demoledora del trato brutal que reciben estas mujeres. 🌐🌐

También en este capítulo descubrimos, por una conversación telefónica con su suegra, que su pareja no había devuelto cierto préstamo, para una ambiciosa reforma del local (excesiva según el padre; necesaria, según la madre), que ambas creían devuelto. Para octubre, Juana ha de despedir a Constanza, porque no puede pagarle. Y en noviembre Juana está completamente dedicada a la pescadería y ya en mala situación económica, pues Sofía se queja de que comen pescado todos los días (la comida de la que dispone, por así decir, sin coste).

En el episodio de diciembre, precisamente en la cena de Nochebuena, a la que asisten la abuela (Elena Irureta) y el abuelo (Ramón Barea) de Sofía, sabemos que Juana ha perdido la pescadería y también su anterior trabajo como agente inmobiliaria, ya que lo descuidó para intentar salvar el negocio. La abuela y el abuelo les ofrecen alojamiento, pero dicen que no les queda dinero, porque se lo dieron todo al hijo y, además, pusieron su casa como aval de un préstamo. A la niña le regalan una tablet de último modelo, como la que tiene su amiga pija, Lidia, y a Juana un sobre con cincuenta euros, que, por su expresión al abrirlo, está claro que le parece poco.

El capítulo de febrero es muy significativo. La situación de madre e hija continúa degradándose: no tienen agua caliente ni calefacción, no están al día con los pagos del alquiler y Juana no consigue ayudas institucionales (aparte de que no le corresponde una pensión de viudedad porque no estaba casada con el padre de Sofía). Lo más llamativo es que, aunque Sofía se queja de que sus compañeras dicen que huele mal, no quiere ducharse en el colegio (podría hacerlo, le insiste la madre), porque le da vergüenza que sepan que no tiene agua caliente en casa. Luego sabremos que con razón, pues la que era su mejor amiga (la pija) cuelga en redes sociales un vídeo donde se ve a Juana limpiando mientras la niña se burla: "La madre de la Puck [Sofía va a interpretar este papel en la obra de teatro Sueño de una noche de verano] piojosa limpiando la mierda de mi casa" (!!). En esa secuencia también las visita el profesor de teatro de Sofía, Arturo (Roberto Álamo), porque Sofía no ha estado yendo a las clases y a Juana le cuesta mucho confesar que no tiene dinero para pagarlas. En su caso, al ser ya adulta, su vergüenza está menos justificada: tal vez tenga su origen en su "desclasamiento" o tal vez, simplemente, en el discurso neoliberal salvaje, que cada vez se machaca más, según el cual quien es pobre es porque quiere. Sea como fuere, y recurriendo a una frase que ha vuelto célebre Gisèle Pelicot en un contexto muy distinto, creo que ya es hora de que la vergüenza cambie de bando y de que quienes la sientan sean quienes, directa o indirectamente, se benefician de la explotación de las clases trabajadoras.

En marzo, en un piso ya gélido, Constanza les lleva una caja de comida (¡ay, esa comida que tan alegremente Juana estaba dispuesta a tirar cuando todavía nadaba ―o creía nadar― en la abundancia!) de un banco de alimentos. No sabemos si Juana no va personalmente por vergüenza o porque todavía no se le ha concedido la aprobación para hacerlo. En cualquier caso, vemos aquí una llamativa inversión de roles con respecto a la "criada", que reitera, además, lo que señalé arriba respecto a las relaciones (feudales) señoras/criadas en el cine reciente.

‼️Y algo que me hizo saltar todas las alarmas... Durante esa secuencia Constanza le dice a Juana que, con lo que va que sacando del trabajo y las ayudas al alquiler, llega a fin de mes, lo cual suena sospechosamente a los bulos de la ultraderecha según los cuales las personas migrantes reciben paguitas que no están al alcance de las españolas, ni aun teniendo niñas pequeñas. En primer lugar, ello es rotundamente falso. Y, en segundo lugar, aunque dependen de cada comunidad autónoma (y es posible que algunos municipios también las concedan), las ayudas al alquiler por parte de las instituciones suelen limitarse a jóvenes (hasta 35-36 años) y mujeres víctimas de violencia machista y/o sus hijas e hijos (en la última semana leí que el gobierno central va a implantar algunas sobre la base exclusivamente de los ingresos). Tal vez estoy siendo malpensada (aunque ya conocen el dicho, "Piensa mal...") porque, de resto, Constanza está retratada positivamente y, tras esa frase, le recuerda a Juana, mientras ésta sufre un ataque de ansiedad, que era farmacéutica en Colombia "y aquí vine a limpiar culos", dejando, además, a su hijo allá. En todo caso, si Constanza tiene en efecto una ayuda para el alquiler y Juana no, ello tiene una sencilla explicación: las ayudas institucionales, incluso en casos desesperados como el de Juana y su nena, suelen tardar meses, si no años2, en materializarse.

A partir de aquí, la situación sigue cuesta abajo y sin frenos. En abril no tienen electricidad (aunque luego se la repondrán, gracias al parecer a Arturo); en junio Juana toma una sobredosis de pastillas y es Sofía quien la encuentra; en julio tienen el frigorífico estropeado y, durante la visita de una trabajadora social y una educadora social, Juana le confiesa a Sofía que no podrá cuidarla hasta que mejore su estado psíquico, por lo que deberá irse a vivir con los aitites; y en agosto vemos sólo un travelling que recorre el piso ya vacío. El epílogo tiene lugar en septiembre (lo sabemos porque se acerca el cumpleaños de Sofía), cuando Juana va a visitarla. Madre e hija se sientan en un banco del patio de la casa de la abuela y el abuelo, con una gran separación entre ellas (la niña siente que su madre la ha "abandonado"), y Juana le cuenta que se va sintiendo mejor, que ha conseguido trabajo en una cafetería... y le regala un antifaz hecho a mano.

En suma, una película imprescindible, que muestra la realidad de la enorme pobreza existente en España, a la vez que pone al desnudo la entelequia de la clase media y desmiente las fabulosas cifras macroeconómicas y el "España crece como nunca" de Pedro Sánchez al hacer balance de 2025... que tanto recuerdan al "España va bien" de José María Aznar de principios de siglo.

Notas:

1 Se puede encontrar un resumen del estudio en un artículo de James Tapper, publicado en The Guardian el 10 de diciembre de 2022, bajo el título "Huge Decline of Working Class People in the Arts Reflects Fall in Wider Society". https://www.theguardian.com/culture/2022/dec/10/huge-decline-working-class-people-arts-reflects-society.

2 En Techo y comida (2015), la magnífica película de Juan Miguel del Castillo, cuando la protagonista, Rocío (una fantástica Natalia de Molina), también madre soltera, acude a una trabajadora social, ésta le dice que sus circunstancias le dan derecho a una ayuda de 200 euros mensuales para alimentos. A Rocío se le ilumina la cara... hasta que la funcionaria le aclara que las ayudas están tardando cerca de un año.

Obras citadas:

Alonso-Berbel, Víctor. "Decálogo para democratizar el cine del futuro". Medium, 26 de agosto de 2023. https://medium.com/@valonsoberbel/decalogo-para-democratizar-el-cine-del-futuro-c37b93ce0920

Cano, José A. "Del barrio a la pantalla: ¿Está la clase trabajadora representada en el cine español?". Cineconñ, 31 de octubre de 2023. https://cineconn.es/cine-social-en-espana-clases-sociales-desigualdad/

 

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