De privilegios y prejuicios: “Libertad”, de Clara Roquet

 

Hasta ahora, había visto esta película de 2021 en dos ocasiones y mi impresión fue en ambos casos la misma: 1) Enésima película autocomplaciente sobre la alta burguesía y sus «problemas» (los ricos también lloran); 2) Normalización (blanqueamiento) de la explotación de las empleadas de hogar de origen migrante, en una perturbadora reactualización del género de criadas y señoras (criadas bientratadas amantísimas de sus señoras), de la que hablé en un artículo anterior sobre Cuatro paredes (2025), de Ibon Cormenzana; y 3) Representación estereotipada, por no decir racista, de la adolescente colombiana que le da título.  De hecho, en algún momento pensé en escribir un artículo comparándola con Calladita (2023), de Miguel Faus, donde aparece también una criada colombiana, pero, pese a algún estereotipo y un problemático final deus ex machina, la explotación por parte de sus contratantes se muestra en toda su crudeza.

¿Y por qué cuento esto, en lugar de analizar la película sin más preámbulo? Pues porque hace unos días visioné en YouTube una master class sobre guión que impartió Clara Roquet como parte del ciclo «CIMA Conversa». De entrada, debo decir que me fascinó la charla. Está claro que la cineasta, quien, además de este único largometraje, ha coguionizado varios otros, domina el arte de la escritura de guión y tiene, además, interesantes ideas sobre la narrativa clásica de los tres actos y la necesidad de trascenderla.

Ahora bien, lo que verdaderamente me llamó la atención y ha sido el origen de este nuevo artículo fue su explicación de la génesis y las intenciones tanto de su cortometraje El adiós (2015), que yo no había visto, como de Libertad, la cual constituye una especie de reescritura sobre el mismo tema. La génesis, según contó, fue la muerte de su abuela enferma de Alzhéimer ―perteneciente, como ella misma, a la alta burguesía catalana―, cuando se dio cuenta de que la mujer boliviana que la cuidaba desde hacía años (llamada Rosana, como las protagonistas del corto y el largo, aunque la de este último sea colombiana) estaba pasando un duelo por la muerte de la señora… ¡mientras se veía obligada a seguir trabajando! Las dos obras son, por tanto, una especie de homenaje a estas mujeres que dejan atrás a hijas e hijos para cuidar de familias ajenas, y, al mismo tiempo, una crítica de su medio altoburgués… incluida su familia.

Ante esta sorprendente revelación, decidí: 1) Ver el cortometraje El adiós; y 2) “Re-ver” Libertad. El cortometraje cumple, desde luego, las expectativas: la criada es clarísimamente explotada y maltratada por la hija de la fallecida, quien se pasa todo el corto escupiendo órdenes y ni siquiera le permite acudir al funeral porque deberá tener la comida lista para cuando la familia regrese. Rosana cumple con este cometido, pero se va de la casa sin recoger la mesa, cosa que se verá obligada a hacer la hija pija. Claro que esto, si bien de una enorme justicia poética, supone que Rosana se quede sin cobrar lo que le corresponde.


Sobre el largometraje, en cambio, mi opinión no ha cambiado mucho pese a haberlo revisionado con toda la indulgencia de la que fui capaz. Sigo viendo, si no una «romantización de las relaciones de vasallaje», como la describí en el citado artículo sobre Cuatro paredes, entre Rosana (Carol Hurtado) y Tere (Nora Navas), su señora, sí una normalización, en la medida en que: 1) No viste uniforme, para mí el requisito mínimo para tratar al servicio (utilizo palabras como criada y servicio deliberadamente) como personas y no esclavas, aunque, por otro lado, siempre se dirige a ella como “Señora” o “Doña Teresa”; 2) Rosana trata con sumo cariño a la anciana doña Ángela (una estupenda Vicky Peña), un cariño que es recíproco, hasta tal punto que confunde a su hija con ella, lo cual entristece a Tere pero es perfectamente comprensible porque Rosana la cuida y ella no; y 3) La relación entre Rosana y Tere, sin ser profunda, es (casi) siempre cordial: se saludan y se despiden con dos besos y Tere no emite órdenes abruptas ni reproches. Sólo en una ocasión, durante la fiesta final, llama a Rosana perentoriamente, pero es para “invitarla” a bailar en la fiesta, como si de verdad, tal como le encanta repetir, fuese “como de la familia”. Ah, y al contrario que su homónima del corto, esta Rosana sí asiste (con su hija) al funeral de la anciana, aunque un poco apartada del grueso de asistentes.

“Como de la familia”, pero duramente explotada. Rosana tiene que ocuparse no sólo de la anciana, que es su trabajo durante el año, sino también de la familia numerosa que invade el casoplón, y su hija Libertad (Nicolle García), a la que la señora de la casa invita amable y generosamente (una de sus cuñadas la alaba por ello) a pasar el verano tras la muerte de su abuela en Colombia, se ve obligada a ayudar en estas tareas, sin estar por supuesto contratada ni cobrando (tiene sólo 15 años y, como apunta un chico del pueblo en otro contexto, en España la edad mínima legal para trabajar es de 16). Normalmente, madre e hija comen en la cocina (que tiene una desagradable iluminación verdosa) mientras el familión come y bebe sin mesura en el jardín, y Rosana realiza con todo gusto tareas que desbordan su función, como peinar a las dos hijas de Tere o cantarle a un bebé que le han endilgado mientras la familia se va a la playa. Cuando surge una amistad entre Libertad y Nora (Maria Morera), la hija de la señora, la primera come con la familia, pero, después de que las dos chicas dejen de frecuentarse (por la prohibición de Tere), Libertad es expulsada de la mesa familiar y se ve de nuevo sirviendo. El clasismo de Tere se revela también en una escena en la que se prueba un vestido que no es de su estilo y color habituales pero piensa ponerse para salir… hasta que entra Rosana con el mismo vestido y comenta, riendo: “¿Es que usted también va a los mercadillos?”. Ante esto, Tere se lo quita y lo tira dentro del armario: ¿cómo va a vestir ella lo mismo que una vulgar criada?

Es cierto que en este tercer visionado presté más atención a las reacciones de Rosana, sobre todo a las dos escenas en las que llora a escondidas. En la primera, que constituye el “prólogo” de la película, oímos un llanto con la persona que lo emite detrás de una cortina, una buena metáfora de la invisibilidad del personaje dentro de la familia: Tere y sus dos hijas interactúan con ella (es Tere quien gestiona su empleo), pero el resto ―los dos hermanos de Tere y sus parejas― ni la mira ni le dirige en ningún momento la palabra. La segunda escena está relacionada con la reacción de Tere al enterarse de que las dos adolescentes utilizaron la barca de la familia por la noche y sin permiso: le prohíbe a Nora volver a salir con su amiga. También pude ver una interpretación distinta del final, cuando Tere le dice a su esposo: “Finalmente no vamos a quedarnos con Rosana”. Yo la había interpretado como una muestra más del desdén hacia esta mujer que se pasó años cuidando no sólo de la anciana a su cargo, sino de mil tareas más, en plan “Como ya no eres útil, ahí te quedas”, y de que la explicación de que va a regresar a Colombia es mentira. Sin embargo, la directora explicó que en ese quedarse con Rosana hay un componente de objetificación, como si fuese una mascota o ―peor― uno de los muebles de la casa que Tere habla de repartirse con sus hermanos cuando fallezca su madre.

Rosana nunca se queja del trato que recibe ni de su carga de trabajo1. Su llanto del principio está motivado, según explicó la directora, por la muerte de su madre en Colombia, aunque no se explicita. El segundo es también difuso: no sabemos si se debe a la injusticia de que Tere haya condenado a su hija al ostracismo o a que ella también piensa que Libertad ha sido la culpable. Sólo en una ocasión expresa verbalmente su hartazgo: cuando, en medio de la fiesta final, Tere la llama perentoriamente y ella murmura “Vieja cansona”. Sin embargo, como ya señalé, esa urgencia de Tere no es para cargarle más trabajo, sino para bailar con ella. Libertad, en cambio, sí es bien consciente de lo que sucede y, cuando Nora le dice, con una ingenuidad que a mí me parece inverosímil pero tal vez en el contexto de la alta burguesía no lo sea, que Rosana “es como de la familia”, su amiga replica: “¡Qué descaro! ¿Cómo que de la familia? Ella le limpia el culo a su abuela y el resto no lo hace”.

Ahora bien, estos detalles, que yo capté instantáneamente por mi concienciación sobre las cuestiones de raza y clase, no están lo suficientemente subrayados como para concienciar al público, quien sólo verá en ellos una normalización o blanqueamiento de la explotación. Tampoco pude ver lo que Roquet describe como el aprendizaje de Nora al final, cuando consigue, utilizando los mismos métodos manipuladores altoburgueses de su madre, que Libertad no se vaya a Mallorca con Manu, el empleado que lleva la barca de mi familia. Francamente, no creo que haya aprendido nada, puesto que el plan tuvo éxito y, si no hubiese fallecido la abuela esa noche, Libertad se habría quedado cerca (aunque, tras lo sucedido, no asistiría a su mismo colegio privado católico mediante una beca, como en cierto momento le propuso Tere a Nora). Ni tampoco la simetría que Roquet parece querer establecer en la relación de las dos chicas con sus respectivas madres: el conflicto de Nora con su madre se debe, por un lado, a una típica rebeldía adolescente (quiere experimentar más cosas de las que se le permiten) y, por el otro, al hecho de que tenga un amante; el de Libertad con la suya, en cambio, es más profundo y tiene que ver con lo que sintió como un abandono cuando Rosana vino a España y, ahora, con la rabia de que la haya arrancado de su país y de sus amistades.

Hablé también del racismo implícito en el personaje de Libertad. Según Roquet, es una chica fascinante y, por ello, Nora la admira y quiere imitarla. Como percibimos por dos conversaciones telefónicas que mantiene con una amiga, el mayor deseo de Nora es besarse (“con lengua”) con un chico: en la primera, es su interlocutora quien le cuenta que lo ha hecho con un monitor; en la segunda, es Nora quien le dice que lo ha hecho con Manu, lo cual es por supuesto mentira. En cambio, Libertad es ―como su nombre indica― una chica muy libre: bebe, fuma, suelta tacos por un tubo, sabe conducir una moto, se besuquea con Manu poco después de conocerlo y está dispuesta a irse del pueblo, primero con un presunto novio, Johnny, que la deja plantada y, luego, con Manu, quien es bastante mayor que ella, para irse a trabajar a Mallorca2. La película no juzga a la chica, ni yo tampoco pretendo hacerlo (Tere, en cambio, sí lo hace, al decirle a Nora que parece “una cualquiera” desde que sale con Libertad y “esa pandilla de quillos”, palabra despectiva utilizada en Cataluña para designar a las clases trabajadoras). Ahora bien, su comportamiento, sobre todo el plan de irse con Manu, no es el que esperamos de una adolescente de 15 años y, si viésemos a una española hacer eso, la clasificaríamos enseguida como de clase baja (también en cuestiones morales suelen converger clase y raza). Por tanto, yo no puedo evitar ver aquí los estereotipos imperantes sobre las mujeres caribeñas, sobre todo si son mulatas como Libertad (su madre es más blanca de piel), según los cuales son más proclives al sexo que las blancas (lo que Anne McClintock denomina porno-tropics), aunque el personaje no esté hipersexualizado como es habitual en el cine de autoría masculina3. (Entre paréntesis, me pregunto si la cineasta cambió la nacionalidad original de Rosana de boliviana a colombiana porque en el imaginario europeo no existen estereotipos análogos sobre las mujeres bolivianas.)

He hecho un repaso (no exhaustivo) de las reseñas de la película para determinar si la crítica que pretendía hacer Roquet fue captada como tal por otras espectadoras. Y la respuesta es… no. La mayoría se centran en el coming of age de Nora y su amistad con Libertad, mencionando la desigualdad de clase entre ellas, pero sin más. Sólo he encontrado una que subraye el tema de la explotación: “Un hombre blanco de clase alta deja que su helado se derrita bajo el sol mientras se da un chapuzón. Una mujer blanca de clase alta saborea su helado. Mientras tanto, una mujer de etnia negra y clase baja se agacha a limpiar las gotas que caen al suelo” (Otero, s.p.). Sin embargo, aunque este fragmento es sugerente como metáfora, no se ajusta a la película: sí vemos un helado derritiéndose en el césped, rodeado de hormigas, pero no sabemos quién lo ha tirado ahí (pudo ser una de las niñas) ni vemos a Rosana recogiéndolo. Más que una metáfora de la explotación, para mí simboliza la decadencia de la familia, al igual que los relojes antiguos que no funcionan o la humedad en el cuarto de Ángela que crece cada verano.

Por su parte, Álvaro de Luna parece concordar conmigo al señalar que “las diferencias de clase y la migración [son] asuntos por los que sobrevuela (con algunos destellos de gran interés) sin llegar a profundizar todo lo que podría” (s.p.), aunque opina que “la clase privilegiada […] no sale muy bien parada al poseer un rancio discurso paternalista y de superioridad” (s.p.). Por supuesto, tiene razón, pero en esto su representación en Libertad no difiere mucho de la que vemos en muchas otras películas que no pretenden ser críticas.

Por todo lo anterior, decidí aplicarle el “test de centralidad burguesa” que, como analogía con el test de Bechdel, propone Rob Grams en su imprescindible libro (de reciente publicación) Le Bourgeois gaze. Son cuatro criterios y, si se cumplen al menos tres, la película en cuestión no trasciende esta centralidad (págs. 145-46):

1. ¿Los personajes principales se mueven en espacios burgueses? SÍ, un casoplón con vistas al mar y una barca que yo designaría como yate.

2. ¿Las condiciones materiales y las dificultades económicas de los personajes están ausentes de la narración? SÍ. Y esto, que es lógico en el caso de los personajes altoburgueses, llama la atención en el de Rosana, pues en ningún momento se explicita la necesidad económica que la ha llevado a trabajar en esas condiciones4. (Libertad sí habla de dinero, pero lo quiere para regresar a Colombia, no por necesidades del día a día.) Al final, cuando Tere se despide de ella (o la despide), Rosana tiene un sobre en la mano, suponemos que con su sueldo y tal vez una gratificación, pero no vemos ni oímos hablar de dinero.

3. ¿Los personajes de clases populares o medias están ausentes, carecen de una subjetividad desarrollada o se limitan a roles muy secundarios? NO DEL TODO. Puesto que son coprotagonistas, tanto Rosana como Libertad revelan hasta cierto punto su trayectoria y su subjetividad.

4. ¿El conflicto principal tiene que ver con cuestiones típicamente burguesas? SÍ. En el fondo, la película gira en torno a las frustraciones y los deseos de la burguesita adolescente, Nora.

Tres de cuatro, pues.

Tal vez parezca injusta esta larga crítica de una película que se propone ―muy loablemente― denunciar los comportamientos explotadores de la alta burguesía, pero creo que el contraste entre las intenciones de la directora y el resultado plantea un interesante dilema: ¿es capaz la burguesía (que es la que mayoritariamente compone la industria) de superar del todo sus privilegios y mostrar, de manera realista ―y por tanto, descarnada― su explotación de las clases trabajadoras, migrantes o no, sin caer en los prejuicios imperantes?

Notas:

1 En contraste, la Rosana de El adiós se rebela cuando la hija de la señora le exige que le cambie el vestido rojo que le ha puesto a la difunta por uno blanco: le responde que la señora quería el rojo y que, si no le gusta, “se lo puede cambiar usted”.

2 También enseña a Nora a bailar salsa: todavía estoy por ver en el cine a una mujer caribeña que no baile salsa en algún momento de la película. En contraste, doña Ángela escucha música clásica y toca el piano: todavía estoy por ver a una familia altoburguesa que no escuche música clásica.

3 Es el caso de Ana, la protagonista de Calladita: cuando no lleva el uniforme, aparece hipersexualizada, tanto por la ropa que lleva (un vestido súper-ajustado y tan breve que apenas rebasa las nalgas) como por las posturas que adopta. Aunque es cierto que también está hipersexualizada Claudia, la hija altoburguesa de la casa, en parte porque se hipersexualiza a sí misma en las fotos que cuelga en Instagram, pero no sólo: hay una larguísima secuencia en la que vemos en primer plano sus nalgas con un tanga, en un proceso de fragmentación erotizante que podría formar parte del inventario de fragmentaciones de trasero que Nina Menkes recoge en su imprescindible documental Brainwashed: Sex-Camera-Power (2022).

4 En Calladita, en cambio, el tema del dinero es omnipresente. Ana ha venido a trabajar a España para poder pagarle a su hermana la matrícula de la universidad (quiere estudiar medicina) y se alude a ello en todas sus conversaciones telefónicas con su madre y su hermana. También el (repugnante) hijo de la casa y sus (igualmente repugnantes) amiguetes hablan constantemente de dinero, en su caso del que les sobra y con el que intentan humillar a la chacha (así la llaman).

Obras citadas:

Cruz, Jacqueline. “Crónica de un desclasamiento acelerado: Cuatro paredes, de Ibon Cormenzana”. Jacqueline Cruz: Blog feminista de cine, literatura y lenguaje, 26 de enero de 2026. https://jacqueline-cruz.blogspot.com/2026/01/cronica-de-un-desclasamiento-acelerado.html

Grams, Rob. Le Bourgeois gaze: La domination de classe dans le cinéma. París: Les Liens qui Libèrent, 2026.

Luna, Álvaro de. “Libertad: La ópera prima de Clara Roquet es un lúcido retrato de la adolescencia y las diferencias de clase que posee ‘mucho de autobiografía’”. Espinof, 11 de febrero de 2022. https://www.espinof.com/criticas/libertad-opera-prima-clara-roquet-lucido-retrato-adolescencia-diferencias-clase-posee-mucho-autobiografia

McClintock, Anne. Imperial Leather: Race, Gender, and Sexuality in the Colonial Contest. Londres: Routledge, 1995.

Otero, Sofía. “Libertad: El simbolismo tras el retrato realista de un verano irrepetible”. Las Furias Magazine, 10 de febrero de 2022. https://www.lasfuriasmagazine.com/libertad-pelicula-clara-roquet/

 

 

 

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